sábado, 9 de agosto de 2008

AGUA: DÍA DE SUECIA EN LA EXPO DE ZARAGOZA


El próximo día 3 de septiembre se celebra en la Expo de Zaragoza el día de Suecia. Coincidiendo con esa fecha saldrá a la venta el libro Agua y otros cuentos, del escritor sueco Torgny Lindgren.

Así empieza el cuento que da título al libro:



Agua

A la Diputación provincial de Ume.

Hay agua que es fría y densa como la piedra, no puedes beberla, y hay agua que es tan ligera y floja que no sirve de nada beberla, y hay agua que palpita cuando la bebes provocando escalofríos, y hay agua que es amarga y que sabe a sudor, y algunas aguas están, por así decirlo, como muertas, las arañas de agua se hunden en ellas como si fuesen aire. Sí, las aguas son casi como las arenas de la playa, son incontables.
Por lo tanto ese papel que ustedes nos han mandado de la Diputación para que les contemos cómo andamos de agua, no vale para nada, el agua no cabe en dos líneas, si uno ha vivido setenta años como yo he vivido sabe tanto sobre el agua que la Diputación quedaría ahogada bajo tanto conocimiento.
Así es que no cuento todo.
Cuando nos mudamos aquí a Kläppmyrliden, le compramos la casa a Isak Grundström, tenía seis hijos y le parecía demasiado pequeña, nosotros, Teresia y yo, no teníamos hijos, llevábamos cinco años de casados, Isak Grundström se iba a mudar a Bjurträsk a trabajar en el aserradero, entonces nos engañó en lo tocante al agua.
Estuvimos aquí en marzo viendo la casa y preguntamos: Cómo está lo del agua.
Bien, dijo Isak Grundström. Siempre hemos tenido agua.
Y fuimos con él hasta el pozo, por el sendero que había en la nieve, detrás del cobertizo, y echó el pozal al pozo, era bastante profundo, veinticinco pies dijo, y se oyó cuando el pozal dio en el agua y luego Grundström movió la cadena para que el pozal se llenase bien y luego lo subió y era un agua clara aunque ligeramente amarillenta. Y cogí el cazo y la probé.
Bien, dije. Aunque casi tiene como un olor a humo. Y un sabor a aire. Yo diría que me recuerda el sabor del agua del deshielo.
Y entonces él cogió el cazo y bebió.
Sabe a roca, dijo. Se nota que es agua de pozo.
Sí, dije. O agua de deshielo.
No, dijo. Agua de pozo.
Pero por qué ponernos a discutir sobre el agua, en todo caso era agua, entonces dije:
El agua nunca les sabe igual a dos personas.
Aquí en Kläppmyrliden nadie se ha quejado nunca del agua, dijo.
Es como una costumbre esto del agua, dije. Cuando uno ha bebido un agua cierto tiempo entonces tiene el cuerpo como lleno de esa agua. Y después uno ya no siente su sabor.
Así es que compramos Kläppmyrliden.
Pero el primer invierno que vivimos aquí, hacia la Candelaria, el pozo se secó.
Y preguntamos a la gente, a los vecinos, cómo podía ser que el pozo se hubiese quedado vacío. El año pasado cuando estuvimos aquí para ver la casa había agua. Y además Isak Grundström nos dijo que nunca se secaba.
Ese pozo se seca todos los inviernos, dijeron los vecinos. Y algunos veranos secos.
Y hasta nos dijeron:
Por eso se marchó Isak Grundström. Por el agua.
Pues el año pasado tenía agua, dije.
Qué va, dijeron. Pero Isak Grundström sabía que le ibais a preguntar por el agua. Así es que llenaron el pozo antes de que vinieseis, fundieron nieve en el caldero de la colada, tres días estuvieron trajinando con el agua, la llevaron en cubos hasta el pozo, Isak y Agda y los seis hijos.
Así es que llenaron el pozo de agua de nieve derretida, dije.
Sí.
Así nos engañaron.
Aunque en realidad yo comprendía a Isak Grundström, nunca hubiese podido vender Kläppmyrliden si hubiese dicho que tenía el pequeño pero de que el pozo se secaba en febrero, y aun así fue de milagro que logró venderla.
Y a nosotros nos bastaba, solo éramos Teresia y yo.
Primero lo intenté en el manantial de Kläppkallkällan, está en el bosque a solo un kilómetro, pensé que podríamos llevar el agua hasta casa, y perforé el hielo con un pico, pero el hielo terminaba en fango, el manantial no era más que una capa de fango helado hasta el fondo.
Después no nos quedó más remedio que coger nieve y fundirla en el caldero de la colada. Era un agua algo amarillenta, y tenía como olor a humo y sabor a aire.
Y dije: En el verano cavaré algún pie más en el pozo.
Y así lo hice. En mayo volvimos a tener agua, antes de San Juan vaciamos el pozo sacando el agua con pozales y me fabriqué una escalera de veinticinco pies para poder bajar y seguir cavando, seguro que cavé más de dos pies, y Teresia me ayudaba subiendo con el pozal lo que yo cavaba, era arena arcillosa, y manó agua, tanta que casi no podía seguir cavando. Y dije:
Ya nunca nos quedaremos sin agua.
Y ese invierno nos las arreglamos hasta el domingo de ayuno. Pero luego se secó. Así es que seguimos derritiendo nieve hasta la Semana Santa, entonces llegó el agua del deshielo.
Por cierto que era un agua buena, el agua del pozo, era clara aunque quizá un poco dulzona.
Y cuando llegó el verano, volví a cavar.
No era muy difícil de cavar, bastaba con el pico y la pala. Y pasó lo mismo que el verano anterior, manó de tal manera que tuve que trabajar chapoteando en el agua todo el tiempo y eso que Teresia la sacaba a pozales sin parar.
Pero no había cavado más de un pie cuando llegué a la roca, la roca primigenia. Y pensé: No puedo seguir, esta vez se acabó. Pero voy a continuar cavando hasta dejarlo limpio, hasta dejar la roca limpia de forma que el pozo tenga el fondo como el suelo de un salón, y la limpié con las manos para que no quedase ni un puñado de tierra o de barro, y cuando lo estaba haciendo sentía la roca en las manos como si fuese hielo, debía de haber un agujero en algún sitio, había una grieta en la roca exactamente igual que suele haber en el hielo que cubre los lagos, y tuve la mala suerte de abrir esa grieta, y el agua que se había acumulado alrededor de los pies desapareció, el pozo se secó en un instante, fue como si la roca absorbiese ávidamente el agua, hasta se oyó un chasquido como cuando se descorcha una botella, y no quedó ni siquiera el rastro que puede dejar el rocío.
Pero Teresia dijo:
No puedes hacer más, no es culpa tuya. En lo tocante a la profundidad no hay persona que pueda saber qué es lo adecuado. Dónde hay que parar de cavar.
Así es que después nos quedamos completamente sin agua.
Y no tuve más tiempo de cavar aquel verano.
El verano es breve, como la caída de una estrella fugaz.
Aquel invierno traíamos el agua de Kläppkallkällan y cuando el fondo se quedó helado derretimos nieve en el caldero de la colada.
Y yo le hice una especie de yugo a Teresia para que pudiese traer dos pozales a la vez, le di la forma de la nuca y los hombros para que no le hiciese daño innecesariamente, ni rozaduras, y Teresia me dijo que aquello era como una bendición, el yugo.
Si hubiésemos tenido hijos ellos podrían haber acarreado el agua.
Pero ninguno de nosotros dijimos nada sobre ello, no podíamos tener hijos, el yugo de la esterilidad es algo muy duro de soportar. Más pesado aún para Teresia.

Cuando volvió a ser verano cavé junto a la leñera, Teresia sacaba los pozales de tierra, cavé dieciocho pies, entonces llegué a la roca, y ni una gota de agua, ni siquiera estaba húmeda la tierra.
Y le dije a Teresia:
Este ladera es todo roca, un montón de tierra seca, es como el desierto de Sin.
Aunque allí en las Escrituras dice algo sobre los manantiales de las grandes profundidades, dijo Teresia.

viernes, 25 de julio de 2008

TEATRO EN LA CADENA SER

Ricard Ruiz recomienda en Hoy por Hoy, en la Cadena Ser, Comedia onírica / La noche de las tríbadas de August Strindberg y Per Olov Enquist.

jueves, 10 de julio de 2008

NOVEDAD: EL DIFUNTO MATÍAS PASCAL

Publicada en 1904, El difunto Matías Pascal supuso un giro en la narración costumbrista de la época y anticipó un tipo de relato en el que lo fundamental es el estudio psicológico del personaje, lo que luego sería una norma continua en el teatro de Pirandello.
Un día Matías Pascal se va a Montecarlo huyendo de sus circunstancias: una suegra que lo martiriza, deudas crecientes y un trabajo que no le satisface. De repente ocurrirá un extraordinario suceso que le dará la oportunidad de liberarse. A partir de entonces será otra persona...
Como todas las grandes novelas, El difunto Matías Pascal acepta múltiples lecturas: en ella se puede ver desde una hilarante farsa a un profundo estudio de la soledad humana vista por un hombre sin identidad ni pasado, que decide reconstruir su vida empezando desde cero. En última instancia, Pirandello nos muestra con virtuosa sencillez la esencia tragicómica del ser humano, cuando es despojado de la máscara que lo acompaña siempre.

«Son tres los escritores que han atravesado nuestro siglo, dando su nombre a nuestras inquietudes, ofuscaciones, aprensiones... esos tres escritores se llaman Pirandello, Kafka, Borges.»
Leonardo Sciascia

jueves, 3 de julio de 2008

El hombre es un zorro para el hombre

Artículo de Elena Cabrera en ADN.es

En la música de Sigur Rós se puede escuchar la nieve. El tempo de las canciones de este grupo islandés es tan contenidamente lento que inunda al oyente como una avalancha blanca silenciosa. Su música es la nave en la que llega el gran frío y su desembarco, quién sabrá porqué, se convierte en un tsunami ardiente.

El lector aficionado a la música entenderá, al leer El zorro ártico, que este sentimiento islandés en torno al silencio, la intensidad y el frío no es propio de Sigur Rós, ni tampoco de Sigurjón -nombre real del autor, Sjón- sino de la esencia de todos esos 117.000 insulares.

El estilo de la escritura de Sjón a lo largo de este libro, que fue merecedor del prestigioso Premio de Literatura del Consejo Nórdico en 2005, zigzagea al igual que la historia que nos cuenta: la lucha entre el zorro y el hombre que le quiere dar caza.

Sjón es un narrador que viene siendo poeta y escritor de letras de canciones. Suyas son clásicos de su amiga Björk como Isobel,Bachelorette u Oceania. Ya en los tiempos del anterior grupo de la cantante, The Sugarcubes, Sjón coescribió la canción Luftgitar e incluso cantó en ella con el pseudónimo Johnny Triumph y apareció en el vídeoclip cantando y bailando (ver vídeo).

La fama internacional le llegó a Sigurjón Birgir Sigurdsson como coautor de las canciones de la película de Lars von Trier Bailando en la oscuridad. Una de ellas, I've seen it all, estuvo nominada al Oscar a la mejor canción en 2001, pero se lo arrebató Bob Dylan.

La editorial Nórdica -"pronto llegará la nieve, se siente en el aire", les gusta decir- propone El zorro ártico como la obra "perfecta para adentrarse en la literatura de los países nórdicos". Utiliza elementos y personajes propios de las leyendas populares del siglo XIX, como el cura rural -el pastor Baldur Skuggason, en este caso- o el zorro, "único depredador de la isla y el único mamífero que habitaba esas tierras antes de la colonización nórdica de finales del siglo IX", explica el traductor, Enrique Bernárdez, en el epílogo.

En este libro aprendemos más allá de la cacería. De la muerte, la crueldad, la supervivencia, los secretos y el aislacionismo. "Ese hombre quiere cazar", nos advierte el zorro de Sjón.

sábado, 21 de junio de 2008

DESEMBARCO NÓRDICO

Artículo de Elisa Silió en El País, Babelia


En la enigmática y aislada Islandia, una de cada diez personas publicará un libro a lo largo de su vida. En una Noruega bañada en oro negro, un novelista puede recibir un sueldo vitalicio. En Suecia, ya en 1900, el proletariado organizó su propia red de bibliotecas, convencido de que la educación era la mejor arma frente al poder. Los finlandeses compran de media diez libros al año; y en Dinamarca editar nunca es una ruina porque el Estado compra ejemplares para todas las bibliotecas públicas. Si además se tiene en cuenta que el analfabetismo desapareció en los cinco países escandinavos hacia 1850, no es de extrañar que su producción literaria sea extensa y de calidad.

Al contrario que Francia, que sucumbió a la literatura nórdica contemporánea en los setenta, España le ha dado hasta ahora la espalda, con excepciones como El mundo de Sofía, del noruego Jostein Gaarder -el libro más vendido por Siruela en su historia, más de un millón de ejemplares en 66 ediciones-, o las peripecias del investigador Kurt Wallander, del sueco Henning Mankell, libro que tiene ya en sus estantes un millón de familias. Pero el panorama está cambiando. Los éxitos de Mankell han inundado las librerías de otros títulos escandinavos de similar perfil y, en paralelo, se están editando libros de los que se espera una difusión más modesta y cuyas traducciones al castellano han sido sufragadas por estos países. Basta con contar con los derechos de autor y un currículo editorial para conseguir esta ayuda. "Son conscientes de que con las traducciones se abre un mercado de 400 millones de hispanoparlantes", explica el traductor Francisco J. Uriz.

Este programa tiene casi diez años, pero es ahora cuando las editoriales han recogido el guante con sorprendentes resultados. En 2008 saldrán al mercado quince títulos daneses, una cifra similar de suecos y noruegos, dos islandeses y uno finlandés. Y lo que es más esperanzador para sus intereses, quien se anima a publicarlos repite. Es el caso de Lengua de Trapo, que cuenta en su catálogo con tres noruegos: Kjell Askildsen, Dag Solstad y Kjartan Fløgstad. "Es un proceso lógico. Todos se conocen, comparten generación, se citan...", explica Rocío de Isasa, editora de la colección Otras Lenguas de este sello, que se estrenó con unos cuentos noruegos en 2001.

En 1996 inauguraron su Biblioteca Nórdica en Ediciones de la Torre con una antología de cuentos escandinavos, a la que siguieron una poética y otra de relatos femeninos. "Fuimos pioneros, el problema es que no hemos sido capaces de comercializarlo", se lamenta José María Gutiérrez de la Torre, orgulloso de haber descubierto a Arto Paasilina en 1989 (El año de la liebre). El finlandés está hoy en la cartera de la poderosa Anagrama, que editó Delicioso suicidio en grupo en 2007, acaba de sacar en bolsillo El molinero aullador y adelanta que en otoño pondrá a la venta La dulce envenenadora. "La brutalidad de La naranja mecánica se transforma en Arsénico por compasión con unos pellizcos de Kaurismaki", se resume el argumento en su contraportada.

Muchas veces los editores no pueden leer los libros al desconocer la lengua y se fían de las recomendaciones de los traductores. "Es gente preparadísima. Muchas veces dan clase de literatura", piensa Diego Moreno, editor de Nórdica Libros. Para después del verano prepara tres títulos: Antología de cuentos de Torgny Lindgren, Antología poética de Harry Martinson y El improvisador, de Hans Christian Andersen. Raro es el traductor que no habla todos los idiomas escandinavos, salvo el finlandés, que tiene una raíz muy distinta. A Enrique Bernárdez nunca le asustaron sus grafías y pronunciaciones endiabladas. "Yo aprendí desde una vía muy natural. Estudié Filología Alemana, pero me dedicaba a la lingüística del inglés arcaico. Y como éste se parece al islandés antiguo, di el salto. Y claro, cómo no vas a pasar al islandés moderno y de ahí al sueco, noruego, danés, feroés...".

La comunión entre el hombre y la naturaleza es absoluta y evidente en estas literaturas. Comprensible en unas tierras conquistadas por frondosos e inquietantes bosques, lagos tenebrosos, nieves cegadoras y deslumbrantes fiordos. El escritor y de su mano sus personajes se sienten ante este paisaje insignificantes. Resulta imposible no mezclar lo imaginario con lo real. Así, en Islandia la leyenda dice que los elfos viven en el interior de las rocas y los ventosos acantilados noruegos son dioses petrificados. "Es complicado distinguir uno y otro cuando la naturaleza es tan apabullante. Cómo no van a desconcertar las auroras boreales, unas luces que cambian de color y de sitio en una noche en la que no se pone el sol", se pregunta Bernárdez, traductor de El zorro ártico (Nórdica), del islandés Sjón. En su prólogo, el filólogo descifra algunas claves del folclore de la isla de lava. Se aprende entonces que skuggabaldur es un hijo de gato y zorra que destripa el ganado y que toma su nombre del dios pagano de la luz (skugga) y de las sombras (baldur). La convivencia del mundo verdadero y mágico, prosigue Bernárdez, provoca que "explicaciones retóricas muy rebuscadas se entremezclen con giros coloquiales".

Un temor ante las fuerzas de la naturaleza que no casa con su mente cartesiana. Quizá por eso recurran a la ironía. En Cabeza de perro (Salamandra), de Morten Ramsland, Orejotas, siendo un niño, se pierde en el bosque una noche de auroras boreales y regresa horas después como adolescente. "Su ropa se había quedado pequeña y la sombra oscura que adornaba su labio superior no se iba ni con agua", se lamentaba en estas páginas su madre. En la patria de Ramsland, Dinamarca, el paisaje no es abrupto, sino domesticado y llano. "Lo que marca nuestra literatura es la falta de luz. Hay menos que en Suecia o Noruega porque tenemos menos nieve. De ahí la melancolía", relata Eva Liébana, profesora de Literatura Danesa en la Complutense.

Igmar Bergman no es un verso suelto. Escribir o rodar una película tiene un efecto terapéutico en una sociedad introspectiva que anhela la felicidad. Lideran las listas mundiales de quienes se sienten más afortunados pero, paradójicamente, en Finlandia el suicidio es "casi un deporte nacional", en palabras de un socarrón Paasilinna. "Muchos campesinos viven aislados en medio de sus tierras y no se comunican. Además, no pueden aliviarse a través de la confesión porque en el luteranismo no existe. Hay siempre un sentimiento de culpabilidad. Y aunque ahora las iglesias están vacías, sí se conserva esa mentalidad puritana y austera aunque mezclada con ironía", cuenta Kirsti Baggethun, agregada cultural de la Embajada noruega y cotraductora de muchos libros con Asunción Lorenzo.

Con esta melancolía están escritos los relatos ahogados por la rutina de Los perros de Tesalónica (Kjell Askildsen, Lengua de Trapo); Johannes Climacus, o De todo hay que dudar (Soren Kierkegaard, Alba), la evolución espiritual de un joven que quiere ser filósofo; Las maestras paralíticas (Gudbergur Gergsson, Tusquets), una atípica historia de amor; Caminar o el arte de vivir una vida salvaje y poética (Tomas Espedal, Siruela), un viaje por la literatura y la filosofía; Pudor y dignidad (Dag Solstad), en la que un profesor de secundaria busca sentido a su vida, y Tu mi tú (Christina Hesselhold), erotismo para expresar el ansia de existir, estos dos últimos en Lengua de Trapo.

Y en estas sesiones de diván literario, como es obvio, el peso de la familia es total. Por eso son muchas las novelas que reconstruyen la vida de varias generaciones, marcadas por oscuros secretos -no podía ser de otra manera entre introspectivos- y por su traumática relación con la Segunda Guerra Mundial. Con estos mimbres se escribieron Quien parpadea teme a la muerte (Knud Romer, Minúscula), El hermanastro (Lars Saabye Christensen, Maeva) o Grand Manila (Kjartan Fløgstad, Lengua de Trapo en octubre).

"Estos escritores anticiparon problemas que están sucediendo en nuestras sociedades hoy, como la crisis de la socialdemocracia, del Estado de bienestar", razona Moreno. Sin ir más lejos, en Muerte de un agricultor (Nórdica), del sueco Lars Gustafsson, el protagonista se quejaba en 1978 de que la región "estaba siendo tratada como una cantera de materias primas, una especie de despensa de la que se saca todo sin poner en ella nada".

Una denuncia social que sigue latente en las novelas de la región, incluidas las policiacas, aunque Mayo del 68 quede lejísimos. "Hay que utilizar los crímenes o los delitos como un espejo de la sociedad", dijo el pasado marzo Mankell en una entrevista publicada en este diario. En otoño llegará una nueva entrega, El chino (Tusquets). El asesinato brutal de 19 personas es el punto de partida. El sello catalán calienta motores publicando en bolsillo los casos de Wallander y Moriré, pero mi memoria sobrevivirá, una reflexión sobre el sida. Siruela es la encargada de sus creaciones para un público juvenil.

Pero hay que remontarse a 1965 para encontrar en el suspense el compromiso social. Durante diez años un matrimonio de periodistas, Maj y Per Söwall, revolucionó el género policiaco sacando las miserias del Estado de bienestar sueco. Diez libros que en orden cronológico publica RBA. Tres de ellos -El hombre que se esfumó, Roseanna y El hombre del balcón- ya han visto la luz junto a Petirrojo, de Jo Nesbo.

Un millón de franceses que ya saben que en Suecia no todo es almíbar gracias a la trilogía Millennium. En el primero, Los hombres que no amaban a las mujeres (Destino), Stieg Larsson separa sus capítulos con cifras escalofriantes: en su país, el 46% de las mujeres ha sufrido violencia machista y un 92% de los abusos sexuales no son denunciados a la policía. La editorial planea sacar los otros dos tomos en 2009.

Larsson murió en 2004 y hay quien se plantea si fue asesinado por los grupos nazis que investigaba. Un rompecabezas que se queda corto en comparación con el expuesto por su compatriota Anders Leopold en Det svenska trädet skal fällas (El árbol sueco debe ser derribado) que no ha sido editado en España. En él defiende que el presidente Olof Palme murió en 1986 a manos de Roberto Thieme, el ex agente de la Dirección de Inteligencia Nacional chilena (DINA) y yerno de Augusto Pinochet. El argumento no es kafkiano pues se basa en informes de los servicios secretos suecos.

Mucha novela negra ha sido escrita por mujeres que dedican espacio a los problemas cotidianos y humanizan a los personajes. De Anne Holt, ex ministra de Justicia de Noruega y reina de los bajos fondos junto a Mankell, es Crepúsculo en Oslo (Roca Editorial). Mientras, la joven Camilla Lackbërg convirtió La princesa de hielo en 2007 en un best seller y ahora repite con Los gritos del pasado (Maeva). Sobre los márgenes de la muerte habla la noruega Karin Fossum en Una mujer en tu camino (Mondadori), y acerca del dolor y la culpa, la danesa Ida Jessen en Lo primero que me viene a la cabeza (Lengua de Trapo), novela programada para octubre. Los hombres también tienen algo que decir. Christian Jungersen reflexiona sobre el origen de la crueldad en La excepción (Mondadori), mientras Kurt Aust sitúa en París la trama de La hermandad invisible (Destino).

Bassarai y Libros del Innombrable importan su poesía que, asimismo, influye en la española. Lo sostiene el poeta Carlos Pardo, que cada año invita a nórdicos a Cosmopoética, el festival de poesía de Córdoba: "Son los que más éxito tienen. La gente se asombra porque parecen muy elegantes pero son unos macarras". Los más elogiados, Aspenstrom, Tranströmer y Ekelot, que tienen su público entre los poetas de menos de cuarenta años. "Se leen, se comentan y se citan en antologías. No tanto por su lenguaje directo sino por su componente abiertamente político sin ser panfletario. Además, son capaces de crear unas imágenes vanguardistas pero naturales y nada recargadas". Un botón, los versos de Aspenstrom: "La sardina quiere que la lata se abra hacia el mar".

El desembarco continuará en otoño.