martes 17 de junio de 2008

NOVEDAD: ABDÍAS

Con la publicación de Abdías queremos dar a conocer al lector español a uno de los más importantes escritores en lengua alemana, pero hasta ahora prácticamente desconocido entre nosotros. La obra que presentamos es una novela corta, género en el que destacó el escritor austríaco.
El libro nos cuenta, con el carácter y la forma de las narraciones bíblicas proféticas, las desventuras del judío Abdías. Increíbles saltos en el tiempo de la historia generan lo lapidario y lo lacónico de esta narración en torno a un personaje que inequí-vocamente reproduce la figura bíblica de Job. A pesar de ello, Abdías no es ningún Job moderno. Es una persona que sufre, que aguanta y soporta, y no porque sea un pecador, sino precisamente por lo contrario, porque es un hombre piadoso y honesto.
Esta nouvelle ha sido considerada una de las más hermosas de la literatura en lengua alemana y Thomas Mann llegó a decir que su autor era «uno de los narradores más singulares, más enigmáticos, más discretamente osados, más curiosos y más seductores de la literatura mundial».

lunes 16 de junio de 2008

RESEÑA DE EL PROCESO EN SOLODELIBROS

Leer a Kafka no es agradable ni sencillo. De hecho, confieso sin ambages que, cuando he terminado algunas de sus obras, me he sentido perplejo e ignorante por mi incapacidad de aprehender el contenido de lo que había leído. Creo que Kafka era consciente de esa posible respuesta del lector y la asumía; incluso, tal vez, la perseguía en sus libros.
“El proceso” nos pone en una situación angustiosa y hostil: Josef K. es sometido a un proceso judicial por un hecho que desconoce, sin saber con certeza si alguien le ha acusado. Ese proceso es oscuro e impenetrable: K. está detenido, pero puede seguir llevando una vida normal; debe declarar ante un tribunal, pero no sabe cuándo ni dónde; incluso ese tribunal está formado por jueces y abogados especiales, extraños y enigmáticos, que parecen saber incluso menos del proceso que el propio K.
El desarrollo de la historia muestra la caída del protagonista en un pozo de miedo, de incomprensión y de culpa. K. se sabe inocente, pero no puede evitar dudar de sí mismo, de las acciones que llevó a cabo en su pasado, a lo largo de toda su vida. Su juicio, que al comienzo de la obra se le antoja injusto, termina por constituir el eje de su existencia: su trabajo y sus deseos pierden entidad ante el peso de ese proceso oscuro y abstracto que pende sobre él. Sus relaciones con los demás se degradan por ello, ya que K. termina por volverse cauto y desconfiado, y sólo puede ver a otras personas como posibles defensoras o enemigas acérrimas.
Kafka no aporta en “El proceso” ninguna pista que indique qué ocurre con exactitud; el lector desciende al abismo al mismo tiempo que K., partícipe inaudito de la situación. Lo que hace del libro una obra excepcional es la atmósfera que el autor fragua alrededor del protagonista. Josef K. nos es presentado como un ciudadano trabajador y capaz, consciente de lo erróneo de su situación y que, por eso mismo, se propone utilizar todo lo que esté a su alcance para evitar ese juicio que, de alguna manera, le deshonra y echa por tierra su buen nombre. Sin embargo, pronto la tenebrosa ignorancia acerca del verdadero devenir del proceso le sume en un estado nervioso, casi psicótico. De hecho, después de acudir a una primera vista, K. acude por voluntad propia al tribunal una segunda vez, partícipe ya de la oscura maquinaria burocrática y social que le ha atrapado en sus redes. No es una casualidad el que se sienta enfermo cuando respira el aire viciado de las oficinas del tribunal, en las que, sin embargo, los empleados pasan horas, incluso duermen.
Quizá la mejor definición para el asunto de K., para el propio libro, se halle en las palabras que un sacerdote le dice al protagonista durante su visita a la catedral: «La sentencia no se dicta de repente: el proceso se convierte poco a poco en sentencia.» Eso es lo que vamos experimentando a lo largo de la lectura: una sensación de angustia, de opresión, que de forma progresiva (e ineludible) se cierne sobre nosotros. Nada sabemos del proceso, como el protagonista, pero eso no obsta para que experimentemos en nuestra piel lo absurdo y surreal de un mecanismo imparable y terrorífico. La frase final, de hecho («fue como si la vergüenza debiera sobrevivirlo»), muestra la ineluctabilidad de su juicio, lo que tiene de universal, de connatural al hombre.
Ya digo que es difícil formarse una idea cabal del texto; no tanto por su contenido, que se abre a infinitas interpretaciones, sino por el terrible malestar que provoca y que deja tras de sí la lectura. (Algo, por cierto, que las ilustraciones de Bengt Fosshag, en esta edición de Nórdica, contribuyen a crear.) Cada uno de nosotros puede ver en ese proceso la encarnación de una cosa, o una persona, o un hecho; el miedo, la opresión, están abiertas a todo tipo de definiciones. Pero, aunque la exégesis sea imposible, no es menos cierto que, en realidad, no es necesaria. Poco importa explicar con exactitud lo que Kafka quería o no comunicar; poco importa extraer significados ocultos de su texto. Lo que sí importa —y eso hace de “El proceso” una lectura inigualable— es la inquietante sensación que pervive dentro de nosotros cuando soltamos el libro: Kafka nos acerca a una parte de nuestra humanidad malsana y repugnante (aunque lo haga de forma muy críptica), pero tangible. El conocimiento personal que podamos extraer de este viaje será ya otra historia…

jueves 12 de junio de 2008

RESEÑA DE EL ZORRO ÁRTICO


Reseña de Pedro Telleria en Mugalari.

Ha sido más la curiosidad que mi nulo conocimiento de las letras islandesas lo que me ha llevado hasta El zorro ártico, una novela corta perfectamente escrita por Sjón, seudónimo de Sigurjón Birgir Sigurdsson, polifacético artista, también compositor, nacido en 1962 y que recibió en 2005 el Premio de la Literatura del Consejo Nórdico por esta obra. Escrita en primera persona y ambientada en la década de los ochenta del siglo XIX, cuenta la historia del pastor (religioso) Baldur Skuggason, un tipo cuya vida conocemos conforme avanza la narración. Explica su traductor, Enrique Bernárdez, que Sjón ha intercalado elementos populares
en su premiada obra, pero, tal como he dicho, no soy experto en la literatura de esa parte del mundo, por lo que me conformaré con
opinar sobre la novela desde los ojos de un lector colocado a unos tres mil kilómetros de distancia de su lugar de producción. Aconsejo leer este libro por, sobre todo, la rareza que entraña. No suele ser habitual ponerse en la piel de un cazador de zorros que avanza por los desolados paisajes islandeses en mitad de un temporal de nieve, ni mucho menos terminar de la mano de su protagonista envuelto en un alud que lo sepulta dentro de una cueva situada en el flanco de un glaciar. También es poco frecuente adentrarse en la vida de un poblado islandés, donde el oscurantismo religioso se anuda a la rareza de unos seres tan solitarios como Fridrik B. Fridjónsson, un licenciado en Ciencias Naturales por la Universidad de Copenhague que a la muerte de sus padres regresa a Brekka, la casa familiar. Podría seguir anotando cosas raras de esta novela, pero debo aludir a sus aciertos intrínsecamente literarios. Por un lado, sobresale su construcción, flash-back incluido, que descoloca al lector a la par que lo intriga sobre el pasado del pastor. Además, es notable la concisión del estilo narrativo de Sjón, que contrasta con el moroso detenimiento con el que a veces describe la indumentaria del cazador o ciertos episodios menores, como la taza de té que se toman Fridrik y el tonto Hálfdán, o la extravagante morfología de éste. Sin embargo, El zorro... no sobresale únicamente por su técnica literaria, sino también, y sobre todo, por los temas y problemas que plantea a través de sus personajes. En esa inclinación de Fridrik por los desvalidos, como el citado Hálfdán o Abba, la muchacha de la que se ocupó en el pasado, y verdadera bisagra narrativa de la historia, Sjón pone sobre el papel el eterno conflicto entre lo normal y lo anormal, entre la regla y la diferencia, entre las convenciones sociales y la auténtica filantropía. El lector confirma en las páginas finales la cruel elementalidad y el egoísmo de Baldur, anunciada en el primer capítulo durante la caza del zorro, y advierte cómo el azar o la justicia natural, que es como la poética y se confunde con ella, dan el trato que se merece al pastor. Concisa y pausada, rara y profunda, El zorro... termina con un giro entre fantástico y poético que añade más rareza a la novela. ¿En qué he pensado cuando la leía? En que la literatura, por muy recóndito que sea para el lector el lugar donde se ha escrito, es universal si los temas que plantea nos alcanzan a todos. Que después la voz, la mirada o los recursos cambien, es prueba de su origen humano y no marciano, pero nada más.

martes 10 de junio de 2008

RESEÑA DE LA CAÍDA DEL REY EN EL CULTURAL

Reseña de Rafael Narbona en El Cultural

Dinamarca es un país incapaz de mantener una ambición duradera. Pese a su hegemonía en el Báltico y a una monarquía casi tan antigua como la japonesa, la vacilación está profundamente enraizada en la identidad nacional. Premio Nobel en 1944, Johannes V. Jensen (Jutlandia, 1873-Copenhague, 1950) afirmaba que Shakespeare no obró al azar cuando escogió el reino de Dinamarca para ambientar la tragedia de Hamlet. Jensen elaboró sus Poesías (1906) inspirándose en Walt Whitman, pues entendía que el origen de una nación sólo puede reconstruirse mediante el mito. Su objetivo no era establecer la verdad histórica, sino la verdad esencial de un pueblo con el impulso necesario para constituir la Unión de Kalmar, un pequeño imperio compuesto por los tres reinos nórdicos (Dinamarca, Suecia y Noruega), pero sin esa confianza en sí mismo que caracteriza a las grandes civilizaciones. Para Jensen, Dinamarca es una combinación de valor y apatía, dos rasgos que no pueden coexistir sin desembocar en la decadencia.

Esta interpretación del carácter nacional se plasma en La caída del rey, un relato que oscila entre lo épico y lo decadente. Christian II, rey de Dinamarca y cuñado de Carlos V, actúa con el realismo político de César Borgia. Su guía de gobierno no es la Educación del Príncipe cristiano, de Erasmo, sino El Príncipe, de Maquiavelo. Es el último rey danés que sometió Suecia y Noruega, pero su crueldad precipitó su caída. Apodado Christian el Tirano, perdió el trono y murió en el exilio. Jensen recrea su peripecia por medio de Mikkel Thogersen. Christian II es pura voluntad, un espíritu lleno de determinación que no cree en el destino, sino en la fuerza del espíritu. La derrota sólo es definitiva cuando la muerte impide empezar de nuevo.

Identificado con el “nuevo realismo” del “grupo jutlandés”, Jensen escribe con una prosa desnuda, de fibra épica, pero sin excesos retóricos; lírica en la descripción del paisaje e introspectiva en su estudio de la condición humana. La caída del rey es una novela histórica, que rebasa las limitaciones del género. Al igual que en las novelas del irlandés Liam O’Flaherty, la historia de una nación adquiere la vitalidad de los Arquetipos. Sin falsificar la realidad, consigue transformar los hechos en figuras intemporales, con la intensidad necesaria para trascender lo particular. En La caída del rey, la ambición, la malicia, la ebriedad del poder, la esperanza, el desencanto, la dignidad en el exilio, no son aspectos del devenir de Dinamarca, sino experiencias universales, que conciernen a todos los países y épocas. La fidelidad de Mikkel Thogersen a Christian II se convertirá en desengaño, revelando una vez más que los sueños imperiales sólo causan la desgracia de los pueblos. No es una mala lección para los tiempos que corren.

jueves 29 de mayo de 2008

FERIA DEL LIBRO DE MADRID


Mañana empieza la Feria del Libro de Madrid. Nosotros estaremos en la caseta número 161, con los editores que formamos CONTEXTO: Libros del Asteroide, Barataria, Global Rhythm, Impedimenta, Periférica y Sexto Piso.

Os esperamos allí.